El Golden Gate de San Francisco

29 noviembre, 2014 - Redacción

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El Golden Gate de San Francisco

La panorámica que mejor define a la bellísima ciudad de San Francisco -la que forman la niebla y los arcos del puente colgante más famoso del mundo- es conocida por todos, aunque no se haya contemplado nunca en persona. Así es la fuerza icónica del puente Golden Gate, una maravilla arquitectónica de estilo art-deco que hace honor a su nombre, que significa “puerta dorada”, y que toma en forma de homenaje del estrecho de Constatinopla que se llama así y que separa Europa de Asia, y que conecta dos de los condados más bellos y prósperos de Estados Unidos, el de San Francisco y el de Marin.

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El puente, más allá de su importancia turística y condición de uno de los monumentos más conocidos del planeta, es una infraestructura imprescindible en la ciudad: por debajo de sus arcos y sobre sus seis carriles circulan cada día más de cien mil vehículos, y es que el puente es la única ruta para salir de la ciudad rumbo al norte. Su origen se remonta a primer tercio del siglo pasado, cuando, con el fin de la Primera Guerra Mundial, el tráfico rodado en la región de la bahía de San Francisco creció de tal manera que el sistema de ferris que conectaba las diferentes poblaciones de la bahía -la propia San Francisco, Oakland, Sausalito, etc- era claramente insuficiente. El puente se construyó entre 1933 y 1937, mide 1.280 metros -la estructura total, de punta a punta, mide 2.737 metros-, y está suspendido de dos torres de 227 m de altura; por debajo de él, pueden circular los barcos, gracias a los 67 metros de gálibo con que se construyó. Cifras todas ellas que lo convirtieron en una de las obras de ingeniería más avanzadas de su época, que tuvo que enfrentarse a un problema no precisamente menor: la niebla y la humedad, tan voraces que la solución de emergencia fue pintarlo de pintura naranja antioxidante, una acción que terminó por ser su mayor seña de identidad.

En el lado de San Francisco, en el Golden Gate Bridge Plaza, está el centro de visitantes (Golden Gate Bridge Pavilion. Abierto de lunes a viernes de 9h a 18h, fines de semana hasta las 19h), que provee de información sobre el puente y hay pequeñas exposiciones -y desde luego una surtidísima tienda con todos los tipos de objetos imaginables con el puente como reclamo-, pero lo más interesante es una de las torres, de más de cuatro metros de alto, que se usó a modo de test en la construcción del puente.

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Pero no te conformes con contemplarlo, aunque sea tirado en el césped del Presidio Park, disfrutando de un picnic con el puente de telón de fondo. La mejor manera de sentir en primera persona el Golden Gate es atravesándolo. Si lo haces caminando, sus casi tres kilómetros de largo se cruzan en unos cuarenta-cincuenta minutos -depende, claro, de tu estado físico-, y la acera está abierta al paso de peatones entre el amanecer y el atardecer (para el tráfico rodado, tanto vehículos como cicilistas, el puente está abierto las 24 horas del día). Tal vez sea más placentero hacerlo en bicicleta; y aunque no hay alquiler de bicis en el Golden Gate Bridge Plaza -donde está la base del puente del lado de San Francisco- sí abundan en las proximidades, y tienes a tu disposición desde típicas bicicletas de paseo con marchas a las modernas e-bikes, a las que impulsa un pequeño motor eléctrico. ¿Los precios? Para todos los bolsillos, pero suelen arrancar desde los 7-10 dólares por dos horas de alquiler -suficientes para pasar de un lado a otro-, o 30$ el día completo. El paseo es inolvidable, y los ferries del otro lado del puente, en Sausalito, son la solución perfecta por si nos hemos cansado mucho (y que regala, además, las mejores vistas de la ciudad y de la isla de Alcatraz).

¡Buen Viaje!

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