Víctor Ullate

17 junio, 2014 - Redacción

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Víctor Ullate

Viajero incansable y curioso, Victor Ullate (Zaragoza, 1947), considerado por Maurice Béjart como uno de los bailarines más completos de este siglo, ha sido el bailarín español con mayor proyección internacional de todos los tiempos. En el despacho de su fundación, en la madrileña calle de Lope de Rueda, donde imparte su magisterio a los más jóvenes, nos cuenta cómo viaja.

Llevas décadas trabajando por todo el mundo, cosechando los mayores éxitos alrededor del planeta. Pero, cuando viajas por placer, ¿como te gusta hacerlo?

Si, me gusta viajar pues de vacaciones sin tener la obligación de tener que estar trabajando. Así he hecho en mis viajes por Nepal, donde he estado dos veces, a Maldivas, a Costa Rica… Me gusta hacer viajes donde pueda tener tiempo de conocer a fondo cada país o cada ciudad. Cuando bailas es maravilloso poder viajar, deseas hacerlo para dar a conocer el arte nuestro y llevar siempre el estandarte de la Comunidad de Madrid y de España, pero no tienes tiempo para nada. Lo único que haces es dormir, trabajar en el teatro, dormir otra vez, no tienes tiempo para nada y, además, estás trabajando, pensando en el espectáculo. En Perú tuve la gran oportunidad de quedarme dos semanas después de que acabaran las funciones, y eso te aporta siempre para tus creaciones y tu vida.

¿Que te traes para tus coreografías, te aportan cosas tus viajes?

El viajar es siempre aprender otras culturas, otras formas de vida, otra mentalidad, pero también te inspiras en una película, un museo, un cuadro, en un momento de tu vida donde disfrutas, te ocurren anécdotas; en mi caso, Wonderland está basado en un psiquiátrico donde está alguien muy querido para mí, que es mi hermana, entonces yo lo hice con mi corazón y asi fue un éxito. O bien Zánzara, concebido en una mesa de operaciones, donde tuve un sueño, y ese sueño lo llevé a cabo: un viaje por Oriente en el que hay un mensaje muy bonito. Cada país tiene una ofrenda de un maestro tibetano, y eso hace pensar al público. Se trata sobre todo de un mensaje de paz, de fraternidad hacia el ser humano. Que nos dejemos de egoísmos, que seamos más humanos, más generosos, que vivamos más el presente, que el egoísmo no sirve para nada, no te vas a llevar nada al otro mundo, así que vive y disfruta lo mejor posible.

De tus viajes por el mundo, ya sean profesionales o familiares, ¿de cuál guardas mejor recuerdo?

El viaje más bonito, el que más me llegó, fue a Nepal. Aunque a lo largo de mi vida he viajado a muchos sitios, a prácticamente todo el mundo menos Australia y Nueva Zelanda. Siempre aprendes, aunque temo que no sabemos disfrutar de lo momentos bonitos, siempre estamos pensando en el pasado y en el futuro, y el presente lo dejamos un poco de lado.

¿Qué lugar es el lugar que no conoces y que te gustaría conocer?

Bora Bora y Tailandia.

Lugares muy hedonistas, ¿no?

Sí, cierto (risas) Me gustaría volver a Balbec, de donde guardo muy buenos recuerdos. Y África me fascinó… En fin, el caso es disfrutar de tus viajes aunque sea a la vuelta de la esquina, pero la ilusión no se puede perder.

Y si te pierdes, ¿dónde te podemos empezar a buscar?

En Granada.

¿Por?

Porque tengo una casa en el Albaycín, rodeado de conventos, donde oigo las campanas, y el gallo a las seis de la mañana; y veo esa vista de la Alhambra, que me envuelve y me fascina, oliendo un perfume maravilloso: estoy enamorado de Granada.

¿Cómo fue tu primer viaje, tu primer recuerdo viajero de madurez?

Mi primer viaje como profesional fue a Italia y los países nórdicos. Italia me fascina por su tradición y por su arquitectura. Y una ciudad donde siempre voy y me siento a gustísimo, es Nueva York, algo que también me ocurre en París, que me trae muy buenos recuerdos: mis desayunos con croissants, las baguettes en un bistrot al borde del Sena, con la vista de Nôtre Dame o la Torre Eiffel… algo fantástico.

Y al regresar a casa, ¿eres una persona nostálgica con respecto a los viajes? ¿Hay algo que eches de menos a la vuelta?

Ahora que tengo mi nieto, me atrae mucho estar cerca de él, y la verdad que cuando tengo que irme a veces me cuesta, pero una vez que estoy en los sitios disfruto mucho con mi Compañía. Por ejemplo, en una ocasión en Colombia, creíamos que había un terremoto porque el teatro se derrumbaba, y nos asustamos de los aplausos que hubo, con ese telón que bajó y subió siete u ocho veces. En Perú, la gente estaba fascinada, fue espectacular también, con el público esperando durante horas para pedirte un autógrafo.

¿Cual es el mejor público? ¿El público más agradecido?

Todo el público nos acoge muy bien, pero por ejemplo en Europa el público más entregado al arte es el alemán, porque ama la música, la danza, la cultura; en Francia también nos ha ocurrido, ya que la cultura está muy vigente, muy a ras de la piel. En Italia, la gente nada más acabar el espectáculo va a la corbata y te piropea a ti y a los bailarines. Son países donde la cultura está muy a flor de piel.

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