En el rincón más septentrional de Noruega, en pleno archipiélago de Svalbard, se encuentra Longyearbyen, una ciudad que sorprende al mundo con su peculiaridad: aquí, morir está prácticamente prohibido. Esta afirmación, que a simple vista puede sonar a leyenda urbana, esconde tras de sí una historia fascinante y una serie de normas únicas en el planeta. Si alguna vez te has preguntado por qué no se puede morir en Longyearbyen, sigue leyendo porque te lo contamos todo.
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Longyearbyen es la mayor localidad del archipiélago de Svalbard, situado a poco más de 1.000 kilómetros del Polo Norte. Esta ciudad noruega, que apenas supera los 2.000 habitantes, vive sumida en un entorno de hielo, auroras boreales y una naturaleza salvaje de belleza incomparable. Pero lo que la hace realmente especial no es solo su ubicación o su clima extremo, sino una norma insólita: aquí, la muerte está «prohibida».
La razón principal por la que no se permite morir en Longyearbyen se remonta a principios del siglo XX, cuando se descubrió que los cadáveres enterrados en el permafrost —el suelo permanentemente helado de la región— no se descomponían. Esto suponía un riesgo sanitario considerable, ya que los virus y bacterias podían permanecer activos durante décadas. De hecho, se llegó a encontrar rastros del virus de la gripe española de 1918 en cuerpos exhumados en la zona.
Desde entonces, las autoridades noruegas establecieron la norma: no se pueden enterrar cadáveres en Longyearbyen. Esto, en la práctica, significa que si una persona enferma gravemente o se encuentra en estado terminal, es trasladada al continente noruego para recibir tratamiento o, en caso de fallecimiento, para ser enterrada allí.
Aunque popularmente se dice que es «ilegal» morirse en Longyearbyen, la realidad es que no existe una ley que lo prohíba de forma explícita. Es más una norma administrativa y una cuestión de salud pública. Las autoridades locales gestionan el traslado de las personas enfermas o en estado terminal para evitar riesgos derivados del permafrost y preservar la seguridad sanitaria de la población.
Este peculiar sistema hace que la ciudad no tenga cementerio operativo desde hace más de 70 años. El antiguo camposanto, situado a las afueras de la localidad, ya no se utiliza, y los fallecidos son repatriados al continente para su sepelio.
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Longyearbyen es un lugar lleno de curiosidades. No solo está «prohibido» morirse, sino que tampoco se pueden tener gatos para proteger la fauna local, y es obligatorio salir armado fuera del núcleo urbano debido a la presencia de osos polares. La vida aquí es tan singular como el entorno que la rodea.
El hecho de que no haya cementerio operativo tiene implicaciones prácticas en la vida diaria de los habitantes. Por ejemplo, las mujeres tampoco pueden dar a luz en Longyearbyen. Dado que no hay hospital con maternidad, las embarazadas viajan al continente unas semanas antes de la fecha prevista para el parto.
Este curioso reglamento ha convertido a Longyearbyen en un destino turístico peculiar. Muchos viajeros llegan atraídos por la idea de visitar la ciudad donde no se puede morir, además de disfrutar de la espectacular aurora boreal, la fauna ártica y los paisajes de otro mundo. Incluso hay rutas y visitas guiadas que explican la historia del cementerio y las razones de esta norma que sorprende a todos.
La vida en Longyearbyen es tranquila y muy ligada a la naturaleza. Sus habitantes están acostumbrados a meses de oscuridad total en invierno y luz solar ininterrumpida en verano. La comunidad es internacional, con personas llegadas de más de 50 países, y el ambiente es acogedor y solidario.
La presencia de osos polares obliga a extremar las precauciones y, como decíamos, llevar un rifle fuera del pueblo es obligatorio. La vida social gira en torno a pequeños bares, cafeterías y actividades culturales que mantienen el ánimo durante los duros inviernos árticos.
En el caso excepcional de que alguien fallezca en la ciudad, su cuerpo es trasladado lo antes posible al continente. Las autoridades gestionan el traslado a Tromsø, la ciudad noruega más cercana, para realizar allí el sepelio. Este procedimiento se aplica tanto a residentes como a visitantes.
De este modo, Longyearbyen mantiene su peculiaridad y continúa siendo un ejemplo único de adaptación a las condiciones extremas del Ártico.
Con el cambio climático, el permafrost está comenzando a descongelarse, lo que podría traer nuevos retos para la ciudad más al norte de Noruega. Sin embargo, por el momento, la «prohibición» de morir en Longyearbyen sigue vigente y forma parte de la identidad y el encanto de esta pequeña comunidad ártica.
Visitar Longyearbyen es una experiencia inolvidable, no solo por sus paisajes y su historia, sino también por esta curiosa norma que la ha puesto en el mapa mundial. Si buscas un destino diferente, extremo y lleno de historias sorprendentes, Longyearbyen debería estar en tu lista.
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