Descubre la historia del Monte Athos, la península de Grecia donde las mujeres tienen prohibida la entrada desde hace 1.
En el norte de Grecia se encuentra un lugar que parece detenido en el tiempo: el Monte Athos, también conocido como la Santa Montaña. Esta península, situada en la región de Macedonia Central, es uno de los enclaves monásticos más importantes del mundo ortodoxo y un destino que despierta la curiosidad de miles de personas cada año. Sin embargo, existe una norma que lo hace aún más singular: desde hace más de mil años, las mujeres tienen totalmente prohibida la entrada a este territorio sagrado.
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El Monte Athos es la más oriental de las tres penínsulas que forman la región de Halkidiki, en Grecia. Su superficie de unos 335 km² está cubierta en su mayoría por bosques, montañas y monasterios. El acceso está restringido y controlado, lo que contribuye a su atmósfera de aislamiento y recogimiento espiritual.
La prohibición de entrada a mujeres en el Monte Athos, conocida como Avaton, se remonta al año 1046, cuando el emperador bizantino Constantino IX Monómaco la institucionalizó. Aunque existen registros de comunidades monásticas desde el siglo IX, fue en esa época cuando quedó establecida la regla que, hasta hoy, impide a cualquier mujer acceder, ni siquiera como visitante. El motivo principal era preservar la vida monástica y evitar cualquier distracción a los monjes, que dedican su existencia a la oración y la contemplación. De hecho, ni siquiera las hembras de animales domésticos están permitidas, con la excepción de las gatas por su papel en el control de roedores.
El Monte Athos funciona como una república monástica autónoma bajo soberanía griega. Alberga veinte grandes monasterios ortodoxos y una treintena de comunidades menores, conocidos como sketes y celdas. La vida en Athos sigue el ritmo de la liturgia y las estaciones, lejos del bullicio moderno, y las tradiciones se mantienen casi inalteradas desde hace siglos. Actualmente, residen en la península alrededor de 2.000 monjes procedentes de diferentes países ortodoxos, como Grecia, Rusia, Serbia, Bulgaria o Rumanía.
La UNESCO declaró el Monte Athos Patrimonio de la Humanidad en 1988, reconociendo su valor histórico, religioso y artístico. Sus monasterios albergan tesoros arquitectónicos, bibliotecas con manuscritos medievales, iconos bizantinos y frescos de incalculable valor. Muchos visitantes, especialmente peregrinos ortodoxos, acceden a Athos para vivir una experiencia espiritual intensa, sumergiéndose en la vida monástica. Eso sí, siempre hombres adultos y con un permiso especial, conocido como diamonitirion.
La prohibición no responde únicamente a cuestiones de tradición, sino que tiene profundas raíces en la espiritualidad ortodoxa. Los monjes consideran la Santa Montaña como un espacio consagrado a la Virgen María, a quien llaman la «Abadesa» de Athos. Según la tradición, María visitó la península en el siglo I y desde entonces se considera su dominio exclusivo. Por eso, para evitar cualquier otra presencia femenina, se instauró el veto, que se ha mantenido incluso ante los debates contemporáneos sobre igualdad de género y derechos humanos.
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El veto a las mujeres ha sido objeto de polémica, especialmente en la era moderna. Organizaciones internacionales y movimientos feministas han criticado la medida, considerándola discriminatoria y contraria a los principios de igualdad. Sin embargo, las autoridades monásticas y el gobierno griego han defendido la norma como parte del patrimonio religioso y cultural del lugar. En la práctica, solo en contadas ocasiones históricas se ha levantado la prohibición, como durante la Segunda Guerra Mundial, cuando algunas mujeres se refugiaron brevemente en los monasterios huyendo de la invasión.
Para acceder al Monte Athos, los hombres deben solicitar con antelación un permiso especial, ya que el número de visitantes está limitado a 100 ortodoxos y 10 no ortodoxos al día. La entrada se realiza por barco desde el puerto de Ouranoupolis, y una vez dentro, los visitantes deben respetar estrictas normas de comportamiento y vestimenta. No es posible acceder en vehículo privado y la movilidad dentro de la península se realiza a pie, en barco o en vehículos autorizados de los monasterios.
A pesar de su aparente aislamiento, el Monte Athos no es ajeno a los cambios del mundo. La llegada de la electricidad, el acceso a internet en algunos monasterios y la apertura a peregrinos internacionales han supuesto retos y oportunidades para la comunidad monástica. Sin embargo, la norma que prohíbe la entrada a mujeres sigue siendo inamovible, como símbolo de una tradición milenaria que resiste el paso del tiempo.
El Monte Athos sigue siendo un lugar de misterio y fascinación, donde la espiritualidad, la historia y la naturaleza se entrelazan de forma única. Aunque las mujeres no puedan pisar la península, su legado y su influencia se extienden mucho más allá de sus fronteras, recordándonos el poder de las tradiciones y la diversidad cultural de Europa.
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