Foto: Jack Fiallos
La montaña más alta de Japón, un auténtico icono de la cultura y el arte nipones, dibuja un perfecto, dormido y nevado cono volcánico, cuya última erupción conocida data del siglo XVIII. Es un reclamo turístico imprescindible y en verano son muchos los que se animan a subir de noche hasta la cima para contemplar el amanecer desde sus 3.776 metros de altura.
Contemplar de cerca las entrañas de nuestro planeta es, probablemente, una de esas cosas que hay que hacer una vez en la vida: tienta y atemoriza al mismo tiempo. Al asomarnos a un cráter volcánico podemos encontrar de todo: desde sulfurosas y amarillentas fumarolas hasta imprevistas columnas de humo y cenizas, ardientes lagos de lava y hasta cráteres inundados de agua, con isla incluida en el centro.

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