Cada vez hay más gente -afortunada ella- que incluye en su dieta turística una excursión tripulada por las salvajes sabanas e inhóspitos desiertos del continente negro. Pero para que no se convierta en atracón y no se indigeste el planazo -porque lo es- hay que ajustarse a unos criterios de sensatez y respeto sin los cuales el éxtasis aventurero no pasará del avistamiento de alguna lombriz o el desastre más absoluto. Un safari no es cualquier cosa, tomad nota.
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