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Las 10 cosas que no te puedes perder en Nepal

Hablar de Nepal en una simple lista puede parecer estéril; una región con tanto que ver y sentir reducida a diez cosas imperdibles. Como si fueran las únicas y como si pudiera hacerse tal ejercicio. Por eso hay que tomarse este sencillo ranking como una aproximación para un primer viaje, algo así como un guión para luego, sobre el terreno, poder romperlo en mil pedazos y emprender nuestro propio viaje mágico por este país que trasciende tópicos y folclore. Además, Nepal necesita cualquier ayuda y empujón turístico que pueda favorecer su recuperación tras los terremotos sufridos en 2015. Porque gran parte de su inmenso patrimonio resiste y sigue en pie, así que no hay motivo para condenarlo al olvido.

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1. Plazas Durbar Patrimonio de la Humanidad

Puestos a pedir, preferimos quedarnos con tres plazas en lugar de con una sola. La de Katmandú es la más grande del valle y uno de los lugares más afectados por el seísmo al venirse abajo la Casa de Madera, el templo de los hippies y unos cuantos más, pero hay que regresar y visitarla, igual que las otras dos, todas nombradas Patrimonio de la Humanidad. La de Bhaktapur perdió el templo de piedra pero no el palacio real, mientras la de Patan conserva su encanto y edificios como el Templo Dorado, del siglo XII.

Patan Durbar Square. Indrik myneur (Foter)

 

2. El templo de los Monos

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En lo más alto de una colina a las afueras de Katmandú, el monumento budista más antiguo del valle es una estupa blanca y dorada que resistió fuerte la embestida aunque perdió una de sus dos torres que la flanqueaban. El Swayambhunath recibe todavía mucho turista como lugar de peregrinaje sagrado que es. Las capillas tibetanas, los rodillos de la oración, el merchandising religioso, los dichosos monos y las vistas al valle siguen jugando a favor de esta cúpula rodeada de templos provista de ojos que todo lo ven.

Estupa Swayambhunath. Jorge Lascar (Foter)

 

3. El barrio Thamel, Katmandú

Nepal da para mucho pero por ahora no salimos de la capital porque la zona comercial por excelencia conserva toda la energía que seduce a los viajeros primerizos. El enjambre de calles atestadas de gente, de puestos de comida y ropa, de tiendas de baratijas tecnológicas, clubes y restaurantes no ha perdido pulso. El barrio mochilero sirve también de anticipo del campo base para montañistas, en donde descansan y compran artículos para la ascensión.

Tráfico en Thamel. Indrik myneur (Foter)

 

4. Crematorio de Pashupatinah

El otro gran foco de peregrinación del país se da en esta zona monumental dedicada a Pashupati o señor de las bestias y encarnación del dios Shiva, al este de Katmandú. Allí, en una de las orillas del río Bagmati, se levanta uno de los templos hinduistas más importantes del mundo y en el que se siguen practicando, para asombro de los curiosos, cremaciones rituales a casi cualquier hora del día. Como en Benarés. No faltan los coloridos sadhus dispuestos a ser fotografiados.

Templo Pashupatinah. Werner Bayer (Flickr)

 

5. Plaza Taumadhi, Bahktapur

Ya en la ciudad medieval de Bahktapur, además de Durbar Square merece la pena entrar en este otro recinto protagonizado por dos construcciones indemnes a los terremotos: el templo de Bhairav y, sobre todo, la pagoda Nyatapola, la más alta de todo Nepal con nueve pisos de altura.

Templo Bhairavnath. jmhullot (Foter)

 

6. Lumbini, la cuna budista

Como Nepal es –atención a la frase hecha- uno de esos destinos para encontrarse a uno mismo, no hay que perderse el lugar donde Buda dio sus primeros pasos. Bueno, los primeros pasos los dio como Siddharta Gautama antes de transformarse en el fundador de una espiritualidad a la que se quieren abrazarse todos los que acuden al jardín sagrado, al estanque Puskarni o al árbol sagrado de Bodhi, donde fue realmente buddha, es decir, iluminado. Entre monjes y templos, en Lumbini se respira más paz que en ninguna parte del mundo.

Lumbini. Aleksandr Zykov (Foter)

 

7. Pokhara y el lago

Te pongas como te pongas, hay que ir a Pokhara. Uno de los puntos más masificados de Nepal por ser lugar de descanso de mochileros tras patearse el Himalaya tiene una parte más vulgar, la de los garitos y el ambiente animado, y otra más trascendente, la que se aleja del circuito turístico y encuentra en el lago Phewa una visión sobrecogedora del macizo de los Annapurnas. Recomendable navegar por él al amanecer o subir a los miradores de la ciudad para tomar perspectiva de un paisaje difícil de igualar.

Lago Phewa. Social Tours Nepal (Foter)

 

8. Comer dal bhat

Nos merecemos recobrar fuerzas tras un paseo arriba y abajo por el Nepal más monumental. Obligatoriamente daremos cuenta de este platillo nacional compuesto por arroz y sopa de lentejas que se acompaña de una guarnición de carne o verduras. Olvídate de exigir cubiertos ya que la costumbre dicta devorar el plato con la mano. Eso sí, puedes pedir una cerveza napalí, de la suave Everest a la densa Gorkha, pasando por la Nepal Ice.

Comiendo dal bhat en Nayasanghu. Richard Friedericks (Foter)

 

9. Festival de Indra Jatra

Nepal es un país colorido y alegre. Si con los encantadores de serpientes, los rituales o las bodas tradicionales no se tiene bastante, a buen seguro el turista tendrá la oportunidad de verse envuelto en una de tantas fiestas ceremoniales que tanta bulla meten por las calles. El festival de Indra Jatra es la celebración religiosa más importante de Katmandú. Se concitan bailes de máscaras de dioses y demonios, así como la procesión de la diosa Kumari. Se monta una buena.

Indra Jatra. bmaharjan (Foter)

 

10. Trekking por el Himalaya

Lo sabemos, nos falta visitar el Parque Nacional de Chitwan para ver bichos y montar en elefante, pero si hay que elegir nada puede competir con el magnetismo de las montañas más altas que existen. Como mínimo habrá que calzarse unas buenas botas y hacer como que enfilamos ruta hacia el Everest o los Annapurnas. Conquistar el techo del mundo ya es otra cosa pero por lo menos podremos tocar sus pies a unos 5.300 metros de altura y sentirnos ya satisfechos.

El Everest desde Kala Patthar. Indrik myneur (Foter)

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Miguel Á. Palomo

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