Qué ver en Altea

28 abril, 2014 - Redacción

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Qué ver en Altea

La carretera nacional que serpentea por la Costa Blanca, esa franja de litoral alicantino hacia la que, en algún momento, todo el mundo pone rumbo, tiene una escala imprescindible en Altea.

La antigua villa de pescadores que los artistas y los famosos comenzaron a poner de moda hace medio siglo sigue siendo hoy un lugar repleto de interés, donde dejar pasar los días bajo la luna del más puro dolce fare niente mediterráneo o, simplemente, escapándose a ella desde cualquiera de los pueblos y ciudades que, en cualquier momento del año, acogen a miles de viajeros y turistas, de Benidorm a L’alfas del Pi pasando por La Vila Joiosa o Calpe.

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La carretera nacional 322 marca la división entre el pueblo y la línea de costa: porque, por más que en el pueblo sea protagonista su arquitectura de casas encaladas y calles empinadas que nos transporta al pasado más tradicional, Altea también se define por sus excelentes playas, su puerto pesquero y su paseo marítimo.

El municipio tiene más de seis kilómetros de litoral, donde se alternan playas populares con calas, que se extienden entre el morro de Toix y la playa de Albir, compartida con L’alfas del Pi. Las playas más frecuentadas son las de La Olla, La Roda -una playa de Bandera Azul que es la más cercana al pueblo y donde encontrarás multitud de restaurantes y bares-, y la de Cap Blanc, que se funde con la de Albir, y que es la que cierra la ensenada de Altea con uno de los puntos más conocidos de la localidad, su faro, a cuyos pies hay también una pequeña playa nudista.

Si eres más de calas, acércate a la de Mascarat, en el norte, donde comienza el término municipal, o la de la Solsida, de aguas espectaculares y casi virgen.

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Cuando recojas tu toalla y pongas rumbo al pueblo, te espera un casco urbano compacto, muy bien conservado, de callejuelas empinadas y empedradas por las que apenas caben los vehículos -y en más de una, ni siquiera eso-, y que no te sorprenderá haya sido elegido por grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibañez en busca de esa inspiración que solo se encuentra bajo la luz del Mediterráneo.

El corazón del pueblo está en lo alto: es El Fornet, el dédalo de calles que forman el Altea más antiguo, donde aún se conserva el espíritu de pequeño pueblo pesquero que fue siempre, con multitud de miradores desde los que tener espectaculares vistas y donde no echarás en falta restaurantes coquetos y buenos bares donde tomar algo y reponer fuerzas (te gustará L’Obrador, en la calle Concepción nº 18, una pizzeria estupenda que está en una antigua casa tradicional, donde además sirven muy buenos pescados).

El Fornet se desparrama a la sombra de las dos cúpulas de la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, el emblema de Altea junto con la torre de Bellaguarda, la antigua torre de vigilancia que, en la antigüedad, avisaba a los alteanos de los ataques de los piratas, tan comunes durante los siglos XV y XVI. Del carácter artístico de Altea habla muy bien su Palacio Altea, con una colección de arte pequeña pero de mucho interés y que sirve además, y sobre todo en verano, de escenario para actuaciones de grandes nombres de la música o el teatro. Y su carácter cosmopolita se ve en la Iglesia ortodoxa, la primera de esa confesión que se edificó en España.

¡Buen viaje!

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