1. El Fogón de Trifón
Experto en el noble arte del guiso, Jorge Trifón alardea de especialidad multipremiada sin reparar en sustancia. En su taberna canalla de la calle Ayala se congregan fans de sus croquetas, rabo de toro y callos a la madrileña, cocidos junto con la grasa del jamón que es añadida al puré de verduras. La receta es lo de menos. ¡Rebañen!
A la espera de que el frío asome la patita (precisamente de pata, morros y estómago se trata), nos aventuramos a dictar sentencia, la nuestra, respecto a semejante plato hipercalórico y de confort supino. Los callos de Madrid, los callos a la madrileña, son uno de los pilares sobre los que se funda la iglesia gastronómica más sacrosanta de nuestro país. Representan la quintaesencia castiza, un trofeo que exhibe la exquisitez de la buena casquería ahora reivindicada. Refinar un plato de tan larga tradición popular que ya es asumido como manjar de dioses no implica dejar de cumplir con sus prerrogativas: ahumados ambos, (casi) siempre morcilla asturiana y chorizo, si es picante mejor; algo de tocino y pimentón inexcusable; cocción a fuego lento y a baja temperatura por aquello de alcanzar densidad y textura. Si los callos no son gelatinosos, no los queremos. Ha llovido desde su primera mención en el libro Guzmán de Alfarache del año 1599, y hoy dichos “callos del vientre” se veneran en estos restaurantes de Madrid.

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