La cosa es simple: hay que respirar hondo, tragar saliva y atreverse. Unos cuantos tablones de madera fijados a la pared, unas gruesas cadenas –algo oxidadas– a las que agarrase como si nos fuese la vida en ello y muchos metros de vacío a nuestras espaldas. Suele decirse en muchas ocasiones que sin riesgo no hay emoción. En estas cinco rutas de montaña la ecuación se cumple al 100 por cien: están entre las más peligrosas del mundo…
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