3. Una mica de Japó
Ejemplo del perfil de taberna japonesa –izakaya- que gana cada vez más adeptos ya que seduce desde las papilas gustativas y desde el bolsillo, a la vez que gusta por su rollo auténtico. Pequeñas dimensiones, platos caseros sin trampa ni cartón y ambiente familiar, fórmula mágica. La gente se pirra por sus tapas y, sobre todo, por sus cuencos de arroz blanco al que se añade de todo, bien cocinado. Los menús se presentan en bandejas estilo bento. Se cena antes de las diez de la noche, como en las casas de Tokio.
Si en Madrid nuestro paladar ya se ha acostumbrado a locales de campanillas donde el sushi es el rey, en Barcelona la cosa es diferente y en materia de comida japonesa se sale de esa norma y demuestra que para comer bien en un japo de verdad no siempre hay que hartarse de bolitas de arroz. Que también, ojo. Con excepciones, los restaurantes de Barcelona se inclinan más por el formato taberna en donde triunfa la tapa. En cualquier caso, abunda la variedad y no nos queremos quitar el kimono.
Pues aquí sí hay sushi –y menudo sushi- pero es que hay que empezar por el que sin duda merece ser considerado como el número uno de los restaurantes japoneses de Barcelona. El resto podrán gustar más o menos, pero ninguno por ahora llega a rozar la maestría de esta evolución sofisticada, estrella Michelin incluida, del Shunka, el hermano de fórmula tabernaria. Hideki Matsuhisa se lía a zarpazos al otro lado de la barra de sushi para ofrecer unos niguiris excelsos a la temperatura exacta.

Lo interesante de este otro espacio lleno de autenticidad es que fue el primer sumiyaki de Europa, es decir, el único en incluir una barbacoa japonesa de carbón vegetal. El propio comensal puede dar su punto favorito a los trozos de kobe A5 –la máxima calificación otorgada a este tipo de carne- o waigu sin moverse de la mesa. Todo gira alrededor de la carne, pero no se debe hacer ascos al marisco ni al arroz a la brasa.


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